Cogito et liber sum: Pensar para ser libre
- Preparatoria Carl Rogers
- Jan 15
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Updated: Jan 19

Vivimos en una época donde la información abunda, pero la claridad es poca. Cada día estamos expuestos a datos que compiten por nuestra atención, moldean nuestras opiniones y condicionan nuestras decisiones sin que nosotros nos demos cuenta y – en medio de este ruido constante – pensar con lucidez se vuelve menos un hábito y más un acto de resistencia o para algunos un lujo – como para los “intelectuales” – Por eso, el pensamiento crítico ya no es solo una herramienta intelectual, sino una necesidad vital para orientarnos en un mundo donde cualquier verdad puede disfrazarse y cualquier mentira puede hacerse creíble y masiva.
En el mundo actual, contar con las habilidades cognitivas y actitudinales para no dejarse engañar por el bombardeo de desinformación, resulta ser una habilidad imprescindible y paradójicamente necesaria para la “era de la información”. ¡Qué extraño! ¿No?, es decir, en un tiempo histórico donde toda la información de la humanidad y la historia está al alcance de un movimiento de pulgar, es cuando menos informados estamos ya que allá afuera existe un universo de datos gracias a la apertura de los canales informativos como las redes sociales y el uso de internet de manera masiva; cualquier persona tiene la capacidad de difundir y compartir cualquier información por ejemplo cada vez que circulan noticias falsas que, en cuestión de minutos, se vuelven virales. Desde remedios milagrosos difundidos en TikTok hasta cadenas de WhatsApp que prometen curas sin evidencia, o la lucha entre perspectivas médicas, políticas y sociales que se contradicen entre sí.
La vertiginosidad de la vida nos lleva a “creer” en lo primero que vemos con tal de tener una solución rápida y no esforzarnos por pensar, porque pensar nos duele, nos cuesta y tanto nos hemos empeñado históricamente en facilitarnos el trabajo, que hemos llegado al punto de no querer razonar ni cumplir funciones tan únicas del ser humano. Paul y Elder (2013) explican que la calidad de vida y de los productos que hacemos es proporcional a la calidad del pensamiento. Y no debemos olvidar que no todas las personas usan el conocimiento para propósitos loables; al contrario, se usa para manipular, obtener poder, beneficios económicos o reforzar sesgos personales. Incluso cuando no hay una intención maliciosa, los sesgos siguen presentes. Basta mirar cómo los algoritmos de redes como Instagram o Tiktok que nos muestran contenido que coincide con nuestras creencias para confirmarnos en vez de confrontarnos.
En la vida cotidiana, pensar, opinar y valorar la información que recibimos nos ayuda a tomar decisiones basadas en el cuerpo de conocimientos que tenemos y que nos permiten comprender el mundo porque intuimos que con base en dichos criterios, estamos cerca de encontrar la verdad. Sin embargo, como menciona Rodríguez (2012), uno de los sesgos más grandes es el del “punto ciego”: creemos que somos menos sesgados que los demás. Es decir, reconocemos que estamos alejados de la verdad, pero asumimos que no tanto como los otros. Esto se refleja, por ejemplo, cuando afirmamos que “los demás son manipulables por las fake news”, pero creemos que nosotros jamás caeríamos, aun cuando compartimos posts sin leer o confiamos en información que solo confirma lo que ya pensamos, y más aún cuando esta idea atenta contra nuestro propio ego al cuestionarnos.
Por lo tanto, un elemento fundamental para integrar el pensamiento crítico como un estilo de vida es la famosa duda metódica de Descartes, mencionada en Vendrell-Morancho & Valero (2025). Esta implica la humildad de reconocer que no lo sabemos todo y que podemos equivocarnos. Paradójicamente, reconocer nuestra posibilidad de errar o según Rodríguez, (2012), “falibilidad”; nos acerca más a la verdad porque nos permite cultivar actitudes como la apertura mental, la humildad intelectual, la curiosidad, la perseverancia, la imparcialidad y la autocorrección. Estas cualidades hacen posible que, al enfrentarnos al exceso de información – por ejemplo en una elección política, una emergencia sanitaria o un debate social – no solo opinemos, sino que sepamos fundamentar por qué opinamos.
Posteriormente, estas actitudes nos llevan a buscar herramientas confiables, como el método científico, que según Rodríguez (2012) es imprescindible para navegar en el inmenso mar de datos abundantes y muchas veces, contradictorios. Solo así podemos tomar decisiones que, aunque no siempre refuercen nuestras creencias, al menos estarán basadas en un análisis crítico. De hecho, muchas personas prefieren evitar este proceso porque implica incomodidad: encontrar datos que contradicen nuestras ideas puede obligarnos a replantearnos creencias profundas, como ocurre en debates más ligados a aspectos morales, religiosos o culturales como temas vinculados a la salud, la discriminación o el cambio climático y sus consecuencias.
Más allá de nuestras preferencias individuales, es fundamental reconocer que el conocimiento y la ciencia son patrimonio de la humanidad. Cada uno de nosotros contribuye de manera personal y profesional a nuestro entorno social, y por ello el pensamiento crítico es esencial, ya que enaltece el propósito del conocimiento acumulado, que es acercarnos a la verdad. Y la verdad es importante porque nos libera: veritas vos liberabit. Incluso si la verdad no es cómoda, nos permite tomar decisiones basadas en hechos. Actuar desde la autenticidad y la evidencia es un derecho fundamental que nos otorga libertad, porque sabemos por qué decidimos, qué valoramos y hacia dónde vamos. De lo contrario, solo somos esclavos de la desinformación y nuestras decisiones dejan de ser nuestras, porque se basan en engaños o sesgos que no hemos examinado.
La verdad, al final, no es un premio ni una meta brillante, sino un lugar incómodo al que llegamos cuando nos atrevemos a cuestionarlo todo, incluso lo que creemos saber de nosotros mismos. Y es ahí donde el pensamiento crítico deja de ser un concepto académico para convertirse en una forma de vivir, una especie de brújula en medio del caos informativo que nos rodea. Porque pensar, aunque cueste, nos libera; dudar, aunque incomode, nos acerca a lo auténtico; y reconocer nuestros sesgos, aunque hiera nuestro ego, nos devuelve un poco de control en un mundo donde todo resulta incierto. Si algo nos salva de la desinformación no es la cantidad de datos que manejamos, sino la valentía de detenernos, mirar de nuevo y aceptar que quizá estábamos equivocados. Paradójico, sí, pero profundamente humano. Y es justo en ese ejercicio, el de adoptar el pensamiento crítico como un estilo de vida —laborioso, parsimonioso y sincero— donde empezamos a ser verdaderamente libres porque, al final, quien renuncia a pensar por sí mismo renuncia a sí mismo; pero quien se atreve a examinar, incluso lo que cree verdadero, recupera el dominio sobre su vida y deja de ser espectador para convertirse en autor. La verdad no siempre salva, pero siempre ilumina.
Referencias
-Paul, R., Elder, L.; (2013); La mini-guía para el Pensamiento crítico Conceptos y herramientas: Fundación para el Pensamiento Crítico
-Rodríguez, M.; (2012); Lógyca: Pensamiento crítico para el uso diario; Boletín científico Sapiens Research; Vol. 2(1)-2012 / pp: 21-22 / ISSN-e: 2215-9312
-Vendrell-Morancho, M., & Valero, A. (2025). Cartografía del pensamiento crítico: principales aportaciones para repensar la educación. 51. Educação e Pesquisa.








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